Al galope de la canción

“Ejercer la libertad es salirse de acá, para volver al mundo vivo”. La música tiene hechos magníficos y uno de ellos es que estos dos tipos se hayan juntado a grabar un disco. Gabo Ferro y Sergio Ch han construido un material de once canciones que, de verdad, necesitan ser escuchadas. Los materiales: dos guitarras reamplificadas y la apuesta de entrelazar timbres de voz totalmente opuestos.
Este dúo parece pensar la música desde un lema troileano: menos es más. Acá hay una limpieza de sonidos que habla un lenguaje anacrónico y que por suerte parece ser buscado. Volver a lo primitivo de la canción. Una buena melodía y una letra que comunique algo. Nada de pirotecnia sin sentido ni mil quichicientos arreglos para que el escucha no se aburra. Acá hay honestidad, corazón y un tiempo que pasa lento. Un antidisco. El ex Natas y el ex Porco, orfebres de una crudeza que se sirve de este mundo (ya) distópico, dejan este manifiesto de rock.

 

 

 

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Cross a la mandíbula

Este es un libro que no tiene etiquetas posibles. A pesar de querer encajarlo en non fiction y policial, Busqued se saca todo eso de encima y con una mezcla de estilos que condensan una realidad cruda (bien cruda), cuenta a Ricardo Melogno. Un tipo que a principios de los 80 en Mataderos, con el mismo sistema operativo, asesinó a cuatro taxistas. Pistola calibre 22 y balazo en la cabeza. Según el protagonista, mientras viajaba en el taxi unas voces le daban la orden de asesinar.
El escritor chaqueño, consagrado en las grandes ligas con Bajo este sol tremendo (2008) – a la pantalla grande por Adrián Caetano, bajo el nombre de El otro hermano – diez años después vuelve a capturar la atención de todos desde Magnetizado. Horas y horas de entrevistas con Melogno, para tratar de reconstruir el rompecabezas de una psiquis que confiesa: “Yo fui una cucaracha. Y después un monstruo. Y después un preso…me gustaría ser una persona”.

La lectura de esta rara avis de la narrativa, se puede acompañar con War Pigs de Sabbath.

 

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Brilla tu luz para mí

Luca con martillo en la cabeza

Un día como hoy pero en 1953 nacía Luca Prodan. No sé si llovía como ahora o había sol cuando la madre dio a luz, pero lo que es claro es que un rayo distorsionado saltó a la tierra y el rock ya nunca más fue el mismo. Este hombre calvo, para nada reventado, dejó una huella musical imborrable. Sus influencias pasaron a ser las nuestras y la música de Joy Division, Syd Barrett, Sex Pistols y Bob Marley, entre otros, encausaron en Sumo. A partir de ahí la rueda comenzó a girar hacia caminos inciertos y las clasificaciones quedaron inhabilitadas. Sin sentido. La masa sonora que terminaron conformando Mollo, Arnedo, “Superman” Troglio, Pettinato, Daffunchio y su personalidad arrasadora se llevaron por delante al club del clan de ese momento.
Bebedor de ginebra, sí, pero también un pensador. Sus textos son las canciones y su sentencia de alma punk no dejaba en pie ni a su público…si no recuerdo mal en el año 83 en Zero bar, en uno de esos shows para pocos asistentes, anuncia que van a hacer “una noche en new york city (tema que después terminó siendo La rubia tarada) y mientras los músicos se terminaban de alistar, alguien del público gritó “pelado careta, canta más”. La mirada de Luca lo dijo todo y quedó en un “okey”, pero el muchacho volvió a insistir con lo mismo, hasta que obtuvo su merecida respuesta. “¿Pelado careta? ¡Pelada careta será tu pija¡”.

Cada vez menos De La Iglesia

El estilo, esta vez, (no)despojado de Alex de la Iglesia nos acerca esta remake de Perfectos desconocidos. La versión original de Paolo Genovese al parecer tuvo gran éxito y la versión del director español, bastante criticado por su última película El Bar, hizo méritos para alcanzar un público un tanto más abultado. Sin embargo su desfachatez parece haber quedado dosificada. Imposible ante estas cosas, no recordar aquellas emblemáticas y genuinas filmaciones como El Día de la bestia, Acción Mutante, Muertos de la risa o Crimen Ferpecto. Como lo hizo Scorsese con el cine de los 70 en Estados Unidos, De la Iglesia lo hizo en los 90 con el cine español. Pero ya no queda nada de eso. Ahora cumple y ya. Sin riesgos.
En esta adaptación no hay diferencias con la original. Se ponen en juego las intimidades de tres parejas muy amigas por intermedio de un juego que consta en poner los celulares arriba de la mesa y leer en voz alta o contestar un llamado adelante de todos. Quedan exhibidos con liviandad las miserias morales de cierta parte de la clase media que se regodea de mostrar una vida ajustada a las reglas. Tal vez lo más destacado, ajustado al estilo De la Iglesia, es la actuación Pepón Nieto (el único que va sin pareja a la cena en la que se centra la película) Un personaje caracterizado con algunos destellos noventeros de aquel cineasta español que no estaba pasado por las taquillas.

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Apuntes del Baión

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30 años para un combo de canciones que suenan todas actuales. Con Oktubre – disco anterior – poniendo la vara muy alta, despacharon este álbum que marcó la idiosincrasia no solo de la banda sino también del rock underground (o lo que se conocía como eso). La dirección de las letras, siempre conducidas por la ambigüedad Solariana, construyeron una simbología desafiante. Lo que muchas veces logró plasmar Solari en sus columnas de las Cerdos, terminó por hacerlo canción. Las noticias de ayer (nunca bien definido para esta coyuntura política que hace poco le pidió guita al FMI), que sonaban en el 88, recuerdan que “Se desgració al campeón del/ híper-fútbol/ primero en el ranking/ Los guerrilleros eran saharadíes/abajo en la tabla”. Esa conexión con un futuro apocalíptico, siempre a la vuelta de la esquina, logró darle el mote de himno a varias de las canciones que forman parte de Un Baión. Imágenes imborrables que ya nos vienen anticipando los titulares desde hace rato. “Obligados a escapar/ somos presos políticos/ reos de la propiedad/ los esclavos políticos”.

Apuntes de trinchera

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Estuve en la presentación de Más o menos bien de Nicolas Igarzabal. Fue una charla sin galanterías ni adornos al pedo. Se armó un debate que iluminó y combatió los lugares comunes de aquellos que todavía se niegan a creer que las cosas se pueden hacer de otra manera. Tanto Alfredo Rosso, Walter Lezcano, Leandro Donozo, padre de la hermosa Gourmet Musical Ediciones, como el mismísimo autor, se pararon en un lugar de reflexiones y cuestionamientos. Trajeron a la agenda, siempre olvidada por el mainstream, los nombres de grupos que han trabajado para que las cosas cambien y de verdad. Sin caer en banalidades ni productoras explotadoras. Igarzabal en el libro reconstruye eso y como bien dijo, entre otras cosas, el conductor de La trama celeste, le da un marco de situación. Y además agregó que a esas bandas no hay que esperarlas en las radios sino que hay que salir a buscarlas. Ya sea yéndolas a ver vivo (me parece la mejor) o bien por las distintas alternativas que nos ofrece internet.
Por otro lado Lezcano, autor de La ruta del sol, aportó lo suyo cuando el interrogante se plantó en esa búsqueda que uno intenta al escribir libros de rock. Ese transitar mediante el trabajo para comprender algunas coordenadas de lo que se podría denominar como cultura rock. Eso que te pone en contacto con otros fenomenos que pueden ser la lectura de un libro, ciertas películas y demás experiencias vitales.

A partir de la palabra Indie el abanico se fue abriendo y las flechas de este mapa terminaron en una conclusión hermosa: se puede hacer música por amor al arte, sin creerle a ningún fantasma de esos que te prometen cielo y tierra. Cualquiera puede grabarse sin necesidad de tocarle la puerta a nadie. Eso es una gran conquista para nuestra música.

(Anécdota brillante: en sus años de estudiante de periodismo, Igarzabal le hizo una nota a Rosso. Sobre el final de la nota Rosso le pregunta a este joven si no iba a ver a los Monkeys al Luna Park. Al ver que la respuesta se iba para el lado de una negativa, el experimentado periodista le obsequió una entrada que le sobraba)

Escupí

 

Por la zona de Paternal estacioné con balizas y mi vieja se bajó para hacer unos trámites en el geriatrico donde había estado la abuela antes de partir. Una señora con un pañuelo en la cabeza, pollera larga y una bolsa ecológica del Día se acercó al auto. El vidrio del lado de donde se maneja no baja, por eso abrí la puerta para escuchar lo que trataba de decirme. Pensé que iba a preguntar por alguna calle o algo por el estilo, pero ni bien abrí lo primero que largó fue “vos tenes cara de bueno. Se te ve en los ojos”. Al rato preguntó por un nombre que coincidía con el primer nombre de mamá. “Ella te cuida, está con vos”, dijo apurada. Me agarró la mano derecha, la miró, le lagrimearón los ojos. “Te mandaron a hacer un trabajo por un Pai. Una chica fue”. Lo único que atiné a hacer fue un gesto de sorpresa por lo que estaba escuchando. “Yo te voy a curar ese mal – que si no me falla la memoría lo mencionó como bicho – Confía en mí”. Me pidió un billete y me dijo que lo apoyara sobre su mano, encima de un número de esos que sacas cuando tenes que hacer la fila para un trámite. Apoyé veinte pesos. “Yo sé que tenes billetes más grandes. Confía. Sacá el de más valor”. Puse 200 sobre los 20 que ya había dejado antes. “Escupime la mano ¡Ya!”. Ni bien lancé una misera saliva con vergüenza, cerró los ojos y parecía decir algo que no alcancé a descifrar. En pocos segundos los abrió y otra vez estaban con lagrimas. “¿Qué preferís más la plata o tu vida?”, me apuró. Lo segundo le contesté. “Esta plata que se está rompiendo es tu sanación”, me explicaba mientras en mi oído izquierdo sentía crujir un papel. (Los últimos 200 pesos que me quedaban ahora están rotos por una gitana, fue lo primero que pensé). Ella insisitió con que ya estaba curado y me recomendó terminar de sacarme todo ese mal. Para eso me dio la dirección de su casa, me pidió que lleve una remera negra, dos huevos y 500 pesos. “Hay que extirpar el mal. Cuidate hijo mío”. Ni bien se fue, busqué otro lugar para estacionar porque mamá me avisó por mensaje que tenía para rato. Cuando encontré un lugar donde dejarlo, bajé del auto y en el asiento vi que el papel que había escuchado romperse era el número de espera.