Así suena El Perrodiablo

a2361153021_10Acostumbrados a los sonidos de la salvación que viajan por el camino de la cordura, no queda más que revisitar el último corte que ha lanzado esta banda de La Plata que se destaca por derribar todo muro posible entre proyecto artístico y personalidad. Acá todo va de la mano: la espontaneidad se detecta como la brújula que ponen al alcance de todos los escuchas.

En su canción Ni perdón de Dios que se puede escuchar en el propio canal de la banda El Perrodiablo, el viaje se pone de manifiesto ni bien arranca a girar la cinta de un cassette que oficia de artística de presentación. Lo primero que se escucha es la potencialidad de esos riffs de guitarras más bien crudas que parecen ser el nombre propio de los platenses. Es una carga vibrante que viene como tatuada en la marca registrada de ellos. Un leitmotiv que sin lugar a dudas se nota que no tiembla y sabe bien donde está parado.

Desde esa potencia que rebrota nota a nota su cantante el “Doma” comienza a disparar una letra que no repara en ningún tipo de diplomacia: “En carne viva lo supe/ que no habría piedad/ y confronté con la pared/ y conviví con el mal/ hasta aquí he llegado/ es algo lejos hermano/ que nadie me cuente por lo que he pasado/ no creo que tengas perdón de Dios…”.

Los platenses parecen volver a hacerlo a dos años de la salida de su anterior disco Cacería. Es inminente el lanzamiento de todo el disco que va a llevar por nombre La otra dimensión. Su forma arrolladora y la actitud del vivo, hace parecer como si el Doma fuera a salirse del parlante para gritartelo en la cara.

Así suenan: con una energía viva que, a esta altura, parece que solamente se puede encontrar en un mercado de pulgas al precio de cualquier objeto vintage. El Perrodiablo convive sin problemas, y sin hablar un lenguaje anacrónico, con Iggi y The Stooges.

Una sola ideología posible: las perillas siempre llegando al tope pero con un sonido que se distingue y los clasifica como buenos cultores del rock vieja escuela.

 

https://elperrodiablo.bandcamp.com/album/ni-perd-n-de-dios-adelanto-de-la-otra-dimension

 

 

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Sin lengua no hay paraíso

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¿Cómo sería ese momento?, surge como primera pregunta ante el choque de dos culturas que por cuestiones políticas no se habían rozado hasta que la música logró su cometido. Por primera vez, en el marco de su gira “América Latina Olé Tour”, (marzo del año pasado) los Rolling Stones fueron a tocar de forma gratuita a Cuba, más precisamente a la Ciudad Deportiva de La Habana, frente a una multitud de personas que no sabía si contentarse por las canciones de Jagger o por como este bailaba. Es por eso que precisamente para revelar algunas obsesiones arribé a una fuente de información sustentada por un libro que contiene tres historias, tres miradas, de lo que fue esta visita a la isla. El libro al que hago mención lleva el nombre de Cuba Stone (Tusquets, 2016) y las firmas que se encargaron de ir a ver para contar son la del periodista argentino Javier Sinay; el escritor José Rangel (o Joselo), también guitarrista del grupo mexicano Café Tacvba, y Jeremías Gamboa, escritor y periodista peruano. Cada una de estas crónicas son minuciosas y eligen desde donde narrar este raro experimento que se encuadró en la llegada de la banda británica pero también con la visita y el discurso que Barack Obama había dado una semana antes frente a la algarabía de muchos cubanos.

Tres periodistas en medio de una ciudad a la que ya le quedan pocas coordenadas de aquel comunismo conducido por Fidel Castro. Ahora la postal deja ver una población alborotada por el arribo de parte de los estandartes de la cultura occidental que a través de su música han cultivado la cultura del rock and roll. De todas formas en Cuba, según las páginas de este libro, se capta una buena densidad de músicos pero con poco abecedario en el rock. Estos detalles captados de forma meticulosa son los que llevan el acto de contar como la herramienta primaria y ponen al lector en plena película de pura cámara subjetiva.

Dice Sinay, por ejemplo, en referencia a esto que se mencionaba sobre la cultura más rockera: “Éste público, educado en el son, el bolero, el mambo y la habanera no era como el que suele ir a ver a los Stones en cualquier otro lugar del mundo. Aquellas tres primeras canciones fueron tres clásicos que los cubanos observaron encantados, quizás moviéndose un poco, pero lejos del baile en masa y de la comunión apasionada. ¿Cómo dar un show para una audiencia que, con suerte, apenas podía contar con los dedos de una mano los conciertos de estadio a los que había ido?”.

Parece raro, quizás, que en medio de este siglo hipermodernizado se pueda leer esto de una ciudad y sobre todo con un género como el rock que es tan o igual de consumido como unas buenas vacaciones. Incluso muchos de sus espectáculos solamente pueden abonarse con tarjetas de crédito. Pero sí, es posible. El rock fue uno de los mayores enemigos de la isla y así es como Joselo lo termina de confirmar: “Parecían vivir en la felicidad plena, pero de repente se sinceraban: no tenían discos ni un aparato donde escuchar música, compartían una guitarra entre varios, los instrumentos de una banda eran los de otra. No les llegaba la música de los grupos que estaban sonando. No sabían quién era Nirvana, Soundgarden o los Smashing Pumpkins. No sabían que era el grunge. Qué importa, pensaba yo, es sólo rock and roll. Pero para ellos parecía ser lo más importante: estaban ávidos de información”.