Sin lengua no hay paraíso

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¿Cómo sería ese momento?, surge como primera pregunta ante el choque de dos culturas que por cuestiones políticas no se habían rozado hasta que la música logró su cometido. Por primera vez, en el marco de su gira “América Latina Olé Tour”, (marzo del año pasado) los Rolling Stones fueron a tocar de forma gratuita a Cuba, más precisamente a la Ciudad Deportiva de La Habana, frente a una multitud de personas que no sabía si contentarse por las canciones de Jagger o por como este bailaba. Es por eso que precisamente para revelar algunas obsesiones arribé a una fuente de información sustentada por un libro que contiene tres historias, tres miradas, de lo que fue esta visita a la isla. El libro al que hago mención lleva el nombre de Cuba Stone (Tusquets, 2016) y las firmas que se encargaron de ir a ver para contar son la del periodista argentino Javier Sinay; el escritor José Rangel (o Joselo), también guitarrista del grupo mexicano Café Tacvba, y Jeremías Gamboa, escritor y periodista peruano. Cada una de estas crónicas son minuciosas y eligen desde donde narrar este raro experimento que se encuadró en la llegada de la banda británica pero también con la visita y el discurso que Barack Obama había dado una semana antes frente a la algarabía de muchos cubanos.

Tres periodistas en medio de una ciudad a la que ya le quedan pocas coordenadas de aquel comunismo conducido por Fidel Castro. Ahora la postal deja ver una población alborotada por el arribo de parte de los estandartes de la cultura occidental que a través de su música han cultivado la cultura del rock and roll. De todas formas en Cuba, según las páginas de este libro, se capta una buena densidad de músicos pero con poco abecedario en el rock. Estos detalles captados de forma meticulosa son los que llevan el acto de contar como la herramienta primaria y ponen al lector en plena película de pura cámara subjetiva.

Dice Sinay, por ejemplo, en referencia a esto que se mencionaba sobre la cultura más rockera: “Éste público, educado en el son, el bolero, el mambo y la habanera no era como el que suele ir a ver a los Stones en cualquier otro lugar del mundo. Aquellas tres primeras canciones fueron tres clásicos que los cubanos observaron encantados, quizás moviéndose un poco, pero lejos del baile en masa y de la comunión apasionada. ¿Cómo dar un show para una audiencia que, con suerte, apenas podía contar con los dedos de una mano los conciertos de estadio a los que había ido?”.

Parece raro, quizás, que en medio de este siglo hipermodernizado se pueda leer esto de una ciudad y sobre todo con un género como el rock que es tan o igual de consumido como unas buenas vacaciones. Incluso muchos de sus espectáculos solamente pueden abonarse con tarjetas de crédito. Pero sí, es posible. El rock fue uno de los mayores enemigos de la isla y así es como Joselo lo termina de confirmar: “Parecían vivir en la felicidad plena, pero de repente se sinceraban: no tenían discos ni un aparato donde escuchar música, compartían una guitarra entre varios, los instrumentos de una banda eran los de otra. No les llegaba la música de los grupos que estaban sonando. No sabían quién era Nirvana, Soundgarden o los Smashing Pumpkins. No sabían que era el grunge. Qué importa, pensaba yo, es sólo rock and roll. Pero para ellos parecía ser lo más importante: estaban ávidos de información”.

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