El nuevo living para escuchar música y una propaganda de Uber

Manejar es una actividad propicia para escuchar música. El problema es cuando no tenes stereo para cds y ni que hablar USB, bluetooth o pendrive. Lo que te queda es el cassette que ya tiene la cinta en llantos o poner la radio. La opción dos, esta vez, me pareció la más acertada. Apenas prendí lo que sonó fue un tema de Sumo y pegadito a eso Talking Heads. Impecable. Al toque me acordé de las columnas de Bellas – escucho y sigo – de Clarín y piropié (bien dicho: piropee) la profesión de periodista de rock. Minutos después de que sonara la banda de Byrne, caí en la realidad. Una publicidad de Uber decía, a través de la voz bananesca de un yuppie, que desde esta aplicación, “como la mayoría de los argentinos”, aprovechaba su tiempo libre para ingresar más ganancia. La fantochada se lo devoró todo en pocos segundos y la pulsión de muerte colmó el interior del Ford Orión.

Anuncios

Una vida de ventaja

Los pasillos de un hospital son el recorrido que uno espera hacer en algún momento de la vida. Por ahí, mientras las paredes blancas pasan y pasan, se baten a duelo la vida y la muerte. Las habitaciones de las guardias son la prueba fehaciente. Un verdadero aeropuerto del deceso , siguiendo algunas palabritas de Symns. El cuerpo lo siente, camina apesadumbrado hasta llegar a donde está el familiar. Miles de imágenes de Dios acompañan las estadías, pero los finales son nihilistas y a la abuela le tocó así. Fuera de su cama donde sufrió y fue feliz. Lejos de las fotos en las cajas de zapatos, que a veces solía mirar para hacer chistes sobre sus maridos o burlarse de las arrugas de los nietos, que ya no lucían con medias hasta las rodillas como en esos retratos amarillentos. Nada de eso, porque la muerte no espera a nadie. Aunque a la “negra” le dio su changüí y la dejó ver el sol hasta los 90. Cualquier viviente pensaría que no está tan mal esa edad para morir y estaría en lo cierto. La razón opera así para tranquilizar.
La otra cara de la cuestión se presenta en esa mezquindad de retener para no sufrir uno y no ser un abonado más de una angustia insoportable. Y lo que se banca, entre rezos y rosarios, es una imagen que reposa mediada por tuberías y alimentos a través de sondas. El intento de todos modos es fallido y hay que soportar que el pecho se cierre y las lagrimas se derramen. Todo termina con la última colilla aplastada en el cenicero del patio que da a la sala de espera y una chica vestida toda de celeste que trae el papel que avala la defunción. “Lo lamento mucho”, son sus últimas palabras protocolares y atiende al que sigue.

La ciudad liberada

46482

lntenté llegar al nuevo disco de Fito sin leer comentarios sobre el mismo, pero se me hizo imposible. Gente que admiro mucho se expidió con gran inteligencia sobre este trabajo y caí en la tentación de periodistas como Basilio Villareal, que dijo cosas en Panamá, y de Oscar Jalil, que hizo otro tanto en Rolling Stone.
Dicho esto, hoy escuché el disco entero y tomé nota. Lo que me quedó, más que nunca, es el convencimiento de que Páez revoluciona cuerpos pasivos. No sé en que intensidad, pero que se incomodan no tengo dudas.
La ciudad liberada es un trabajo de 18 canciones y su primer punto de ruptura es la extensión. La escucha de hoy no soporta tanta cháchara, sin embargo el rosarino se carga todas las contras y se despachó así. Segundo punto: larga con el corte Aleluya al sol y se pone de espaldas a todas la críticas virulentas de los rockers ortodoxos. Y entiende que la primer escucha debe tener melodías pegadizas y letras friendly, porque así está dispuesto hoy por la cool life.
El disco en sí se adentra en la poesía maldita de un artista íntegro y salvaje. “Me gustan los artistas que jamás serán artistas/ yo nací y moriré amateur”, prédica en El ataque de los gorilas. Nuestro Páez sigue citando la música de Charly también. Y casi lo homenajea al comienzo del tema Tu vida mi vida con una intro que recuerda a No soy un extraño de Clics modernos. Al rato, en la canción homónima grita “quiero vivir en la ciudad liberada/ donde a los pibes no le vendan más balas/ una ciudad de sexo desenfrenado”. Sigue con su poder narrativo en Nuevo mundo y a lo Philip Dick mete una cabeza de elefante en un centro comercial después del estallido mundial y sentencia una realidad oscura. “Y ahora como mierda van a criar a sus hijos/ los códigos binarios los volvieron estúpidos/ chiquitos encerrados en su casa de plata/ mirando por las redes como todos se matan”. Con esa mirada afilada, sobre el final de esta canción, nos explica que los dioses migraran a las películas de culto.
En este desorden de sensaciones, recuerdo a Islamabad y su dosis histórica que lo hace abrir con la frase que desencadenó la revolución francesa: “Liberte, egalite, fraternite” y después envuelto en una voz que nos trae a Frantz Fanon, sentencia la desmemoria: “oíste hablar de los muertos en Argelia/ francesito que llevas por el mundo de tu civilización/ No me gusta que vengas a mi casa y me cuentes mi historia tan malamente/ vos que sos el hijo del sable europeo de Napoleón”. Sigo recordando grandes canciones y ahora suena Navidad negra. Antes de armar el arbolito, pone su pesebre desde una voz Milleriana: “Navidad negra en el matadero/ sangre de chanchos y vino viejo/ No tenes nada que festejar/ Cristo no vive en ningún lugar/ ¿De qué me vinieron hablar?/ ¿De qué me vienen a hablar?”

Si esto no es rock…

Cuadernos de la vida ordinaria

 

No pondría nada que sea seguro esta vez. Antes lo hice y pequé de omnipotente (o impotente). Verlo todo derruido por la propia pavada que me convenció es lo que desespera en este ancho mar. Tres vasos de whisky te convierten en el peor pelotudo, no te alcanzan las solapas para completar la biografía de un completo licenciado de pura vida impostada. La noche se relata en el mismísimo verso que se acomoda por la propia indulgencia del narrador y ya no queda otra que confensarse en la vida ordinaria. Mañana, con la normalidad a cuestas, el espejo, la corbata bien acomodada y el lamento por los dientes amarillos. Buscar turnos en los médicos, resguardarse en la pura adrelina del paciente que anhela que salgan bien los estudios de sangra para seguir fingiendo el derrotero con drogas baratas. Así nos criaron los moralinas: en el libreto de los quince días de vacaciones y la industria de la educación formal.

 

Suena Tom Waits

Ella lee a Rimbaud a los gritos y amenaza con tirarse del balcón

“Cuando ya se te va la vida
entras al sanatorio con ganas de morirte
sangran tu nariz y tu boca
provocas mucho asco, te dejan para la autopsia”

Ricky Espinosa

 

La mejor revista

ver

Así suena El Perrodiablo

a2361153021_10Acostumbrados a los sonidos de la salvación que viajan por el camino de la cordura, no queda más que revisitar el último corte que ha lanzado esta banda de La Plata que se destaca por derribar todo muro posible entre proyecto artístico y personalidad. Acá todo va de la mano: la espontaneidad se detecta como la brújula que ponen al alcance de todos los escuchas.

En su canción Ni perdón de Dios que se puede escuchar en el propio canal de la banda El Perrodiablo, el viaje se pone de manifiesto ni bien arranca a girar la cinta de un cassette que oficia de artística de presentación. Lo primero que se escucha es la potencialidad de esos riffs de guitarras más bien crudas que parecen ser el nombre propio de los platenses. Es una carga vibrante que viene como tatuada en la marca registrada de ellos. Un leitmotiv que sin lugar a dudas se nota que no tiembla y sabe bien donde está parado.

Desde esa potencia que rebrota nota a nota su cantante el “Doma” comienza a disparar una letra que no repara en ningún tipo de diplomacia: “En carne viva lo supe/ que no habría piedad/ y confronté con la pared/ y conviví con el mal/ hasta aquí he llegado/ es algo lejos hermano/ que nadie me cuente por lo que he pasado/ no creo que tengas perdón de Dios…”.

Los platenses parecen volver a hacerlo a dos años de la salida de su anterior disco Cacería. Es inminente el lanzamiento de todo el disco que va a llevar por nombre La otra dimensión. Su forma arrolladora y la actitud del vivo, hace parecer como si el Doma fuera a salirse del parlante para gritartelo en la cara.

Así suenan: con una energía viva que, a esta altura, parece que solamente se puede encontrar en un mercado de pulgas al precio de cualquier objeto vintage. El Perrodiablo convive sin problemas, y sin hablar un lenguaje anacrónico, con Iggi y The Stooges.

Una sola ideología posible: las perillas siempre llegando al tope pero con un sonido que se distingue y los clasifica como buenos cultores del rock vieja escuela.

 

https://elperrodiablo.bandcamp.com/album/ni-perd-n-de-dios-adelanto-de-la-otra-dimension

 

 

Sin lengua no hay paraíso

libro-png

¿Cómo sería ese momento?, surge como primera pregunta ante el choque de dos culturas que por cuestiones políticas no se habían rozado hasta que la música logró su cometido. Por primera vez, en el marco de su gira “América Latina Olé Tour”, (marzo del año pasado) los Rolling Stones fueron a tocar de forma gratuita a Cuba, más precisamente a la Ciudad Deportiva de La Habana, frente a una multitud de personas que no sabía si contentarse por las canciones de Jagger o por como este bailaba. Es por eso que precisamente para revelar algunas obsesiones arribé a una fuente de información sustentada por un libro que contiene tres historias, tres miradas, de lo que fue esta visita a la isla. El libro al que hago mención lleva el nombre de Cuba Stone (Tusquets, 2016) y las firmas que se encargaron de ir a ver para contar son la del periodista argentino Javier Sinay; el escritor José Rangel (o Joselo), también guitarrista del grupo mexicano Café Tacvba, y Jeremías Gamboa, escritor y periodista peruano. Cada una de estas crónicas son minuciosas y eligen desde donde narrar este raro experimento que se encuadró en la llegada de la banda británica pero también con la visita y el discurso que Barack Obama había dado una semana antes frente a la algarabía de muchos cubanos.

Tres periodistas en medio de una ciudad a la que ya le quedan pocas coordenadas de aquel comunismo conducido por Fidel Castro. Ahora la postal deja ver una población alborotada por el arribo de parte de los estandartes de la cultura occidental que a través de su música han cultivado la cultura del rock and roll. De todas formas en Cuba, según las páginas de este libro, se capta una buena densidad de músicos pero con poco abecedario en el rock. Estos detalles captados de forma meticulosa son los que llevan el acto de contar como la herramienta primaria y ponen al lector en plena película de pura cámara subjetiva.

Dice Sinay, por ejemplo, en referencia a esto que se mencionaba sobre la cultura más rockera: “Éste público, educado en el son, el bolero, el mambo y la habanera no era como el que suele ir a ver a los Stones en cualquier otro lugar del mundo. Aquellas tres primeras canciones fueron tres clásicos que los cubanos observaron encantados, quizás moviéndose un poco, pero lejos del baile en masa y de la comunión apasionada. ¿Cómo dar un show para una audiencia que, con suerte, apenas podía contar con los dedos de una mano los conciertos de estadio a los que había ido?”.

Parece raro, quizás, que en medio de este siglo hipermodernizado se pueda leer esto de una ciudad y sobre todo con un género como el rock que es tan o igual de consumido como unas buenas vacaciones. Incluso muchos de sus espectáculos solamente pueden abonarse con tarjetas de crédito. Pero sí, es posible. El rock fue uno de los mayores enemigos de la isla y así es como Joselo lo termina de confirmar: “Parecían vivir en la felicidad plena, pero de repente se sinceraban: no tenían discos ni un aparato donde escuchar música, compartían una guitarra entre varios, los instrumentos de una banda eran los de otra. No les llegaba la música de los grupos que estaban sonando. No sabían quién era Nirvana, Soundgarden o los Smashing Pumpkins. No sabían que era el grunge. Qué importa, pensaba yo, es sólo rock and roll. Pero para ellos parecía ser lo más importante: estaban ávidos de información”.

Simplemente Fútbol

Cuando pienso en mi llegada a la banda Fútbol recuerdo el primer tema con el que se inicia el disco La Gallina. De inmediato me llamó la atención. Le pregunté a un amigo, que los había escuchado primero, si no tenían bajo y me contestó: “es un trío de violín, guitarra y batería”. ¡Guau!, fue mi expresión. En el rock hasta el momento no había escuchado un formato igual. Busqué como loco más material de este grupo y como You Tube todo lo puede aparecieron unos videos de ellos tocando en vivo: Taciturno en vivo en Niceto, decía. Le di click y un violín desenfrenado, haciendo trizas cualquier pensamiento ortodoxo sobre ese instrumento, empezaba el tema. Después se metía una guitarra rudimentaría tocada a toda velocidad. Todo fue una revelación. Canciones que sabían ser únicas.

Así se inició la historia con este trío.

Seguí buscando cosas. Quería saber más y Google lo resolvió bastante bien. Aparecieron fotos donde estaban tocando como invitados de Pez. Ya era el combo perfecto, pensé y traté de buscar alguna fecha donde se juntaran las dos bandas. Era algo así como encontrarse de muy jovencito con el libro Nueve cuentos de Bustos Domecq de Borges y Bioy Casares. Dos escritores que juntos eran infalibles en sus historias. Con Fútbol y Pez pasa lo mismo: los cancioneros no fallan. Pasó entonces que Pez los invitó a ser parte de sus antologías en alguno de esos espectaculos que supieron llamar Festipez y logré ver a los dos bandas en un mismo día y espacio.

 

Antesala del infierno

Hoy Fútbol acaba de sacar su quinto disco de estudio que lleva por nombre Favio. Sí, enseguida uno piensa en el hombre que solía usar un pañuelo en su cábeza o en el film Juan Moreira o en la versión que hizo de El tema de pototo de Almendra. Sí, es una posiblidad. Lo que se sabe concretamente de este disco es que son nueve canciones que llevan impregnadas el estilo de Fútbol ni más ni menos. Y que el track 2 Hombre Topo es un tema que parece relatar la vida de una mujer que vivía en los subtes y que el track 9 Sangre y vino (corte de difusión) es un perfecto resumen de lo que debe tener una melodía para meter un estribillo como ese que dice: “no soy más, no soy más”.

 

videoflyer_hd-original